La confesión trinitaria del Nuevo Testamento

Contenido

Introducción

En el capítulo anterior, hemos presentado al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo a través de las experiencias y acciones propias que se relatan en el Nuevo Testamento; haciendo especial énfasis en los Evangelios Sinópticos y en los Hechos de los Apóstoles.

En este capítulo, vamos a ver cómo se habla, en el Nuevo Testamento, de los Tres; esto es, cómo se les confiesa. Si buscáramos hacer una síntesis de la «doctrina trinitaria» que emana de estas confesiones de fe, estaríamos intentando retrotraer una doctrina posterior a un tiempo que no le corresponde. Ahora bien, vamos a ver que estas confesiones trinitarias tienen una lógica interna (unos presupuestos) que permiten hablar del Padre, del Hijo y del Espíritu de manera inteligible, coherente y consistente. [Oxford, 44] Intentaremos, por tanto, entrever estos presupuestos en diferentes fragmentos neotestamentarios; y, aunque no explicitemos o sistematicemos la lógica interna que decimos que está presente, sí que intentaremos acabar aunando —en un discurso compacto— los diferentes presupuestos que podamos encontrar.

Las confesiones de fe

Para poder centrar el estudio, conviene empezar por catalogar el contenido trinitario que encontramos en el Nuevo Testamento. En los Evangelios, tenemos los Evangelios de la Infancia, el Bautismo, y otros textos que relacionan al Padre con el Hijo y el Espíritu. Tenemos, también, la predicación del kerygma, que encontramos en Hechos, y los grandes textos de san Pablo. [Rovira, 1373] De este conjunto de textos, lo que estudiaremos ahora son las confesiones de fe que aparecen en las cartas de san Pablo y en la Carta a los hebreos.

Empecemos por una panorámica general. Las confesiones de fe neotestamentarias giran en torno a la acción salvífica de Dios en Cristo, realizada por el Espíritu Santo. Estas confesiones de fe están en la base de la predicación (1 Tim 3,16), de la catequesis (2 Cor 5), de la argumentación doctrinal (1 Cor 15,3-5), de la exhortación a la vida cristiana (2 Cor 8,9; Flp 2) y de la liturgia (cf. Ef 2,18; Flp 2,6-11). Podemos distinguir, también, aquellas confesiones que se refieren solo a Jesucristo, al que se le llama con algún título (Rom 10,9; 1 Jn 4,15); aquellas que se refieren al Padre y al Hijo (Gal 1,1; Flp 2,11; Rom 4,24), en las que a cada uno se le atribuye una acción o un título y, por último, las fórmulas ternarias. Estas se refieren al Padre, al Hijo y al Espíritu y, aunque son menos comunes, son centrales para nuestro estudio. Entre ellas, podemos señalar el mandato de bautizar (Mt 28,19), los saludos y despedidas de las cartas (2 Cor 13,13), el esquema de la vida cristiana (1 Cor 12,4-6), las actuaciones del Padre, del Hijo y del Espíritu (2 Cor 1,21-22) y la unidad de los Tres (Ef 4,4-6). [Emery, 51-55]

La Carta a los Hebreos

El primer caso que vamos a analizar es la Carta a los Hebreos. En ella encontramos, en permanente conexión con el Antiguo Testamento, una gramática teológica ya desarrollada. Esta gramática teológica, como hemos dicho, necesita unos presupuestos o una lógica interna para ser inteligible; y esto es, precisamente lo que vamos a intentar entrever.

Hebreros 1 y 2

La Carta1 comienza reconociendo que el Dios del Nuevo Testamento, el Dios en el que creen, es el mismo Dios que el del Antiguo Testamento (Heb 1,1); pero, justo después, reconoce que también va «más allá», pues nos ha hablado por su Hijo (Heb 1,2). A este Hijo lo confiesa, inmediatamente, como Dios mismo, por ser «resplandor de su gloria» e «impronta de su ser» (Heb 1,3) y como salvador, sentado a la diestra de Dios (Heb 1,4); y, un momento después, haciendo referencia al salmo 44, se le vuelve a confesar como Dios (Heb 1,8).

Cabría preguntarse, después de ver estos primeros versículos, si el Hijo que presenta es metafórico o abstracto; pero el autor de la carta muestra que ese Hijo, al que ha confesado como Dios, es Jesús mismo (Heb 2,9), el que «compartió la sangre y la carne» (Heb 2,14), el que pasó «la prueba del sufrimiento» y «puede ayudar a los que la están pasando» (Heb 2,18), el que nos guía hacia la salvación (Heb 2,10) y el que nos llama, a nosotros, hermanos (Heb 2,11).

En estos dos capítulos de apertura de la carta, el autor de Hebreos dice, al mismo tiempo, que Jesús es el Hijo de Dios, que Jesús es Dios y que el Hijo y Dios son uno y lo mismo. Esto mismo ocurre, manteniendo la coherencia, con el término κύριος. «Señor». Con él se refiere a Jesús (Heb 7,14) y al Dios de Israel (Heb 7,21; 8,8), e incluso se muestra a Dios mismo refiriéndose al Hijo como Señor (Heb 1,10-12).

Por último, el autor de Hebreos tampoco olvida al Espíritu Santo. Aunque no parezca central a la carta, el autor presupone una gramática en torno al Espíritu Santo. Este aparece mencionado siete veces en la carta (Heb 2,4; 3,7; 6,4; 9,8.14; 10,15.29). Al Espíritu se le presenta como Espíritu de Dios —unido a la salvación de Cristo—, que distribuye los dones de Dios de acuerdo con su voluntad (Heb 2,3-4). Además, no se habla de él como una metáfora de la presencia de Dios, sino como algo real y diferenciado. Se dice que Cristo se ofrece al Padre a través (διὰ) del «Espíritu eterno» (Heb 9,14) y este mismo Espíritu, al que se refiere como Señor, aparece hablando a través de la Escritura (Heb 10,15-17).

Conclusión

Vemos en esta carta cómo se presenta y confiesa a Dios como Dios del Antiguo Testamento, pero con un Hijo, Jesucristo, que es hombre, que siendo hombre nos conduce a la salvación, que es, al mismo tiempo, Dios mismo, y que está relacionado con el Espíritu Santo, que también es real, distinto, Señor y actuante. El autor de Hebreos, como veremos también con Pablo, no busca articular ni demostrar este lenguaje ni estas afirmaciones; sencillamente, lo presupone, como elemento necesario para lo que escribe.

El corpus paulino

Introducción

En las cartas de Pablo no encontramos ningún discurso sistemático. De hecho, todas sus cartas —salvo, posiblemente, Romanos— están escritas a comunidades que ya han recibido el Evangelio, y buscan responder a una situación particular. Por tanto, no podemos encontrar en ellas un discurso sobre la Trinidad, la naturaleza de Dios o Jesucristo; pero, como veremos, es imposible entender la forma de comprender a Dios que tiene Pablo si no es a partir de unos presupuestos trinitarios. [Understanding, 564]

Para entrever estos presupuestos, vamos a estudiar cuatro fragmentos representativos de las cartas paulinas2, tomados de las cuatro cartas que se aceptan unánimemente como genuinas, de las deuteropaulinas y de las cartas pastorales.

1 Corintios 12

Pablo, al ser preguntado por la identidad del Espíritu Santo, para diferenciarlo de los falsos espíritus, no da una definición concreta, ni detalla sus cualidades o propiedades. En cambio, plantea una idea fundamental, que veremos también otros tantos casos; a saber, que el verdadero Espíritu se distingue por su relación con Dios Padre y Jesús el Señor. Lo vemos en 1 Cor 12,3, cuando señala que nadie puede confesar a Jesús como Señor si no es movido por el Espíritu. Esta misma relación aparece en el paralelismo de 1 Cor 12,4-6. En estos tres versículos aparece tres dimensiones de la vida cristiana (carismas, ministerios y actuaciones) unidos al mismo Espíritu (τὸ αὐτὸ πνεῦμα), el mismo Señor (ὁ αὐτὸς κύριος) y el mismo Dios (ὁ αὐτὸς θεὸς).

Vemos, en ambos casos, que no siendo la cuestión trinitaria el asunto central del que se ocupa, el argumento que usa implica a la Trinidad; o, más exactamente, la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Esto mismo podemos encontrar en 1 Cor 2,2-5; 2 Cor 13,13; Gal 3,1-5; y Flp 3,3.

Efesios 4

En el capítulo 4 de la Carta a los Efesios, Pablo busca argumentar la unidad de los cristianos —que se explicita en una sola fe y un solo bautismo— a partir de la unidad de Dios. Esto es, como hay un solo Señor, un solo Espíritu y un solo Dios Padre —uno y el mismo, como hemos visto en 1 Cor 12—, los cristianos también deben permanecer unidos (Ef 4,5-6). Esta unidad de los cristianos, un solo cuerpo, a imagen de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu, la realiza precisamente el Espíritu Santo, «con el vínculo de la paz» (Ef 4,3).

Aquí, como en los casos anteriores, Pablo presupone la unidad de Dios y, al mismo tiempo, la distinción entre los Tres; y emplea este patrón trinitario para hablarles a los efesios de su propia unidad.

Tito 3

En la Carta a Tito, en la que está tan presente el tema de la salvación, se aprecia de manera especial la presencia de una teología trinitaria subyacente. De hecho, como vamos a ver, no puede entenderse la salvación sin la Trinidad.

Ante la pregunta de quién es el salvador, Pablo responde, alternativamente, que es el Padre Dios (1,4; 2,10; 3,4) y que es Jesucristo (1,4; 2,13; 3,6). Pero no solo el Padre y Jesucristo, sino que también el Espíritu es salvador; como puede verse en Tit 3,4-6.

«4 Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres, 5 él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, 6 que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador.»

El Espíritu es el punto de unión entre el Padre salvador y Jesucristo salvador. Dicho de otro modo, es precisamente a través del Espíritu como nos alcanza el amor de Dios por nosotros, manifestado en la salvación de Cristo.

Una vez más, Pablo no legitima ni argumenta la doctrina trinitaria, sino que la presupone como algo esencial a la salvación. Podríamos llegar a decir que hablar de salvación es hablar de Trinidad; pues no es posible mantener el argumento retirando al Padre, al Hijo, o al Espíritu.

Romanos 5

Por último, tenemos la Carta a los romanos. En ella, destaca Rom 5,1-11, donde Pablo habla de la obra reconciliadora de Dios. En este capítulo, Pablo comienza presentando la justificación como un «estar en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom 5,1). Esta paz, que obtenemos, por la fe, de Jesús, no está ausente de sufrimiento, pero en él descubrimos la esperanza (Rom 5,3-4); esperanza que no defrauda, porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

Así, puede decir que el amor de Dios, derramado por el Espíritu Santo, se manifiesta en la muerte de Cristo por nosotros, siendo nosotros aún pecadores (Rom 5,8). Y este camino desde Dios, por Cristo, a través del Espíritu, hasta nosotros, tiene también su recorrido de vuelta —común en la liturgia— a Dios Padre, «por nuestro Señor Jesucristo» (Rom 5,11).

Podríamos resumir el acto reconciliador de la Trinidad, siguiendo a Pablo, como una relación. Primero, relación con el Padre, con el que estamos en paz y del que procede el amor. Segundo, con Cristo, por la muerte del cual recibimos estos dones, por medio de la fe. Tercero, con el Espíritu, que hace eficaz estos dones, derramándolos sobre nosotros.

Y, en dirección contraria, el Espíritu Santo es quien mueve la vida cristiana y nos conduce a Cristo, de quien recibimos el amor del Padre y la justificación (la paz con el Padre), por su muerte, querida por el Padre para nuestra reconciliación.

Conclusión

Como hemos podido ver en los distintos fragmentos, Pablo no argumenta una doctrina trinitaria, ni busca explicitarla. Él, en cambio, presupone la Trinidad y una serie de ideas o patrones asociados a ella. De los ejemplos vistos, podríamos extraer dos presupuestos fundamentales: 1. La identidad de la Trinidad como relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, en los que se da una unidad y, al mismo tiempo, una distinción entre ellos. 2. La acción salvífica y la consecuente vida cristiana como acción específica e identitaria de la Trinidad en relación con nosotros.

Una breve recapitulación

En un estudio de 2003, Joseph Plevnik, S. J., presenta un recorrido por los presupuestos en la comprensión trinitaria que subyacen a la teología paulina. [Cita] Quiero presentar aquí una síntesis de ese estudio que, al tiempo que concuerda con los datos que hemos ido obteniendo en este capítulo, amplía el abanico de presupuestos, manteniéndose siempre en el ámbito de la Trinidad.

Esta síntesis, situando las Cartas en la cronología neotestamentaria, nos permite, por un lado, entender mejor lo que subyace a las narraciones vistas en el capítulo anterior y, por otro, nos sirve como fundamento para desarrollar, en el siguiente capítulo, la experiencia trinitaria de acuerdo con J. H. Newman.

Siguiendo a Plevnik, en sus discursos, Pablo presupone que Jesús es el Hijo de Dios Padre (2 Cor 1,3) y que su origen está en él (Flp 2,6; cf. Rom 9,5; Col 2,2; 2 Tes 1,12), asumiendo la preexistencia de Jesús (1 Cor 8,6; Flp 2,6-11). En el orden de la salvación, presupone que Dios envío a su Hijo al mundo (Gal 4,4; Rom 8,3) para, muriendo por nosotros, demostrarnos su amor (Rom 5,8-10; Rom 8,32) y garantizarnos la salvación (Rom 5,8-10; 8,32-39; 1 Tes 5,9-10).

En cuanto al Espíritu Santo, Pablo presupone que es Espíritu de Dios (Rom 5,5; 8,14; 1 Cor 2,11) y Espíritu de Cristo (Rom 8,9), pero sin ser idéntico a ellos (2 Cor 13,13). En la acción salvífica, fue a través de él como Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo exaltó (Rom 1,3-4; 8,11); y, además, participa de la apropiación de la salvación por parte del creyente: el Espíritu se recibe por la fe (Gal 3,2; 1 Cor 7,40), y quien no lo tiene no pertenece a Cristo (Rom 8,9) ni vive en él (Gal 4,4-6). Por él nos hacemos hijos adoptivos del Padre y él nos confirma (συμμαρτυρέω) como hijos de Dios y coherederos con Cristo (Rom 8,15-17; Gal 4,6).


  1. El hilo conductor está tomado de Oxford, 45-48 

  2. La motivación para la elección de los fragmentos, así como el esquema central que sigue parte de Oxford 49-52